¿Quién eres?
Eres un ciudadano español con D.N.I. número no sé cuántos millones no sé cuántos mil no sé cuantos cientos no sé cuántos tantos. Naciste en un hospital público hace tantos años y te llamas Fulano Fulánez Fulaniano. Tienes una especie de pareja que cumple sus funciones cuando le conviene y resulta una carga las más de las veces y tal vez tengas unos hijos que se van convirtiendo en organismos egocéntricos autónomos e insoportables por mucho que siempre esperases otra cosa de ellos. Trabajas para conseguir unos ingresos que te permitan mantenerte frugalmente y cubrir todas sus necesidades y caprichos y tienes una red de relaciones vacías en las que todo el mundo parece mostrar un interés genuino pero a nadie le importas una mierda. No te preguntas por el sentido de la vida, o al menos no lo haces a menudo. Esperas llevarte bien con todo el mundo menos con los dos o tres hijoputillas que siempre han andado por ahí para hacerte la vida imposible y que parecen tener el reemplazo garantizado cuando desaparecen, y llenas tu tiempo de ocio con alguna afición más cara de lo que te gustaría, afición que vas cambiando cada cierto número de años por efecto del aburrimiento.
Eres el tipo que dice en tu D.N.I., trabajador por cuenta ajena por muy autónomo que te creas, objeto del deseo de las multinacionales que se enriquecen con el fruto de tus esfuerzos vendiéndote ilusiones en forma de productos que nunca están a la altura de lo que prometen. Eres el votante del que sólo se acuerdan los políticos cada cuatro años cuando hay elecciones, y el amigo del que sólo se acuerdan sus amigos cuando necesitan algo, tienes una familia política que es más política que nadie, que te alaba, jalea y vitorea cuando las cosas te van bien y te ignora, patea y abandona cuando parecen torcerse un poco. Eres la joya de la corona, una pura mierda, un pringao, un desecho humano, pero no te atreves a admitirlo porque en las fantasías de tu infancia y en los cuentos que te contaron cuando eras niño te veías como el guerrero salvador que siempre acababa casándose con la princesa o como la princesa a la que siempre rescata el príncipe, esa que ejemplariza como nadie aquello que cantaban Asfalto de «el malo siempre palma, la chica se salva».
Te han engañado tantas veces que ni siquiera puedes imaginarlo. Y no sólo las multinacionales con sus productos milagrosos. Ha sido toda la sociedad en su conjunto la que una vez y otra te ha tomado por tonto, esa misma sociedad de la que tú formas parte cuando el sujeto expoliado es otro. Todos somos cazadores y víctimas en un ciclo que sólo parece terminar cuando nuestros días se agotan y se nos rinden los efímeros honores que prescribe el ritual de despedida. Cuando mueras tal vez tengas un multitudinario acto en el que todo el mundo recordará lo buena persona que eras, dará tus condolencias a quienes allí figuren como seres queridos y cuando pasen tres meses habrán desaparecido después de convertirse en expertos en aplicar aquel dicho de «el muerto al hoyo y el vivo al hoyo».
Que no, que por más que te empeñes no puedes cambiarlo, que esto es, ha sido y será siempre así. Quizás hayan cambiado las formas de los rituales con el paso de los siglos pero el ser humano, ese ser humano que ves cuando te miras al espejo, nunca le ha importado a nadie por lo que es sino por la función que desempeña. Si no eres importante en el medio social en el que vives, si los que te rodean no obtienen algo de ti, estás condenado a ser un paria y a recibir el desdén por su parte. Consigue un cargo, un coche grande, un ático con aire acondicionado y un cenador al que poder llevar a tus amistades y tendrás acceso a los privilegios de la riqueza: Ropa de marca, cenas en restaurantes de moda, invitaciones a los actos de la gente guapa.
Todos queremos ser jefes y nadie quiere ser indio, y no nos damos cuenta de que el jefe también es indio, y lo es el jefe del jefe del jefe, y el jefe del jefe del jefe del jefe, y así en un ciclo sin fin en el que las vidas de los seres humanos parecen no tener valor porque no lo tienen, porque nadie se lo concede a no ser que obtenga algo a cambio, y sólo mientras esa donación persiste en el tiempo. Nadie nos valora, tenemos que valorarnos nosotros, eres tú quien ha de dar valor a tu existencia.
Comentarios
Publicar un comentario