Eres un soberbio al que hacen de menos

 Si hay algo que el soberbio no soporta es que le hagan de menos, que le consideren inferior a los demás y que le traten como si así fuera. El soberbio no sólo necesita ser aceptado, sino también valorado y hasta adulado.

No creo que tú, pobre lector de estas líneas, seas consciente de que pecas de soberbia, pero sí de cómo el mundo te hace de menos, cómo se te traiciona, se abusa de ti, se te manipula, incluso se te maltrata sin que puedas hacer nada por evitarlo. Tu sufrimiento no está en lo que te ocurre, sino en lo poquita cosa que te sientes cuando los demás no actúan en la forma que tendrían que hacerlo: En la que a ti te gustaría.

Mírate bien. No hace tanto tiempo que estabas lleno de metas, de aspiraciones, de deseos, que con el paso del tiempo no has conseguido ni siquiera parcialmente. Tal vez siempre ansiases vivir en una casa con jardín y te conformas con pudrirte en un piso de poco más de cincuenta metros cuadrados, rodeado de vecinos gritones y maleducados. O soñaste con vestir como las princesas de los cuentos y has acabado con un traje para verano, otro para invierno y combinaciones de ambos para entretiempo. Quizás quisiste ser el gran director de una empresa maravillosa que fabricaba un producto mágico que acababa con la miseria, la pobreza y el hambre en el mundo, y resulta que estás en paro después de trabajar para un jefe explotador que vendía productos de desecho en cantidades industriales. Claro que puedes enorgullecerte, aunque tu vida en términos materiales haya sido un completo desastre, aunque nunca llegues a la felicidad porque te planteaste metas inalcanzables, siempre te queda el consuelo de echarle la culpa a las estrellas, a tu pareja, a tu suegra o a la situación geopolítica, todo antes que admitir tu propio fracaso. Porque has fracasado, y lo sabes, eres consciente de que tu vida es una auténtica mierda en la que te encuentras rebozado por todos los lados y de la que no puedes librarte.

Por supuesto, tu imagen social sigue siendo de triunfador. Nadie tiene que saber que no eres feliz en ese cuadradito de ocho metros de largo y ocho de ancho, ni que tu máxima aspiración es tener una habitación entera llena de ropa que nunca te pondrás pero que te servirá como excusa para demorarte hasta el infinito en su elección, ni que eras el último mono de tu empresa, esas son exclusivamente tus frustraciones. Para el resto del mundo eres ese esperpento en que te conviertes cuando sales a la calle y te pones tus mejores galas. Tony Manero en su sábado noche.

 Pero es que ni siquiera en eso eres único. Todo el mundo a tu alrededor se encuentra en una situación parecida, presumiendo de lo poco que ha podido conseguir y ocultando sus muchas fuentes de frustración, los fracasos en sus metas inalcanzables. Eres un mediocre rodeado de mediocres que juegan a aparentar ser únicos, irrepetibles, maravillosos y repletos de triunfo y dinero. Esto te lleva a una situación peligrosa: Pueden darse cuenta de tu engaño, como tú puedes darte cuenta del suyo. Una vuelta de tuerca al asunto.

Si todos estuvíesemos calladitos y asumiésemos nuestros fracasos sin hurgar en la herida de los fracasos ajenos todo el mundo sería más feliz. Podríamos ejercer nuestra hipocresía sin temor a ser pillados, conscientes de que creyendo nuestras mentiras y las del vecino pasamos un buen rato y no tenemos que preguntarnos nada más. Pero, como en todo mundo de mediocres, siempre surge el tipo vulgar que quiere diferenciarse por la vía fácil, el bocazas que es incapaz de quedarse calladito y hace consciente lo inconsciente, un idiota que pone en palabras aquello que es un secreto a voces, lo innombrable.

Cuando el bocazas cuenta lo que no debe da publicidad a las frustraciones de otro candidato a bocazas. Repentinamente el mundo se encuentra con la miseria de uno de sus integrantes publicada por otro, en una situación en la que no puede permanecer callado. Con lo fácil que habría sido seguir en el silencio hipócrita, el bocazas decide adquirir su parcelita de notoriedad desenmascarando a un tipo que hace exactamente lo mismo que él, a excepción de airear la podredumbre del píjo. Pero no, la soberbia le lleva a tocar los cojones hasta la saciedad generando un importante conflicto.

El que habla ve crecer su posición social, o al menos eso cree, y del que hablan presencia cómo todo su mundo, construido sobre una mentira idéntica a las de los que le rodean, se tambalea porque aquellos que antes parecían admirarle ahora no tienen más remedio que alejarse de su lado. Se le está haciendo de menos, primero por una persona, luego por dos, por tres, por cuatro, por cinco y luego por todo su entorno. Comienza el viaje hacia la locura.

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