¿Baja autoestima? ¿Complejo de inferioridad?

 A ver, si es que en realidad sabes que tu problema es que no te quieres a ti mismo, que tienes la autoestima por los suelos. Que no tiene nada que ver con la soberbia, ni con el orgullo, ni con ninguna de esas historias de las que estamos hablando hasta ahora, que te han repetido hasta la saciedad eso de que «la caridad bien entendida empieza por uno mismo» y que a pesar de eso eres incapaz de ser egoísta, ni de quererte, ni de valorarte, ni de nada de eso porque cuando estás con otras personas te sientes inferior sin poder evitarlo. Tienes el más profundo convencimiento de que en realidad lo que te falla es la autoestima, lo dicen por todas partes.

El ser humano es limitado y vulnerable, como tú

La idea de que el ser humano, cualquiera, es limitado y vulnerable no es nueva. Es uno de los esquemas que más fomentan las sociedades y especialmente nuestro mundo occidental aborregado, atocinado y focalizado en la adoración al becerro de oro. Cuando un niño nace es una especie de cuaderno en blanco en el que las figuras que lo educan escriben y programan lo que puede ser en un futuro, viene con una serie de capacidades innatas que no hay que enseñarle. Si observas cómo se va conformando la personalidad de los niños verás que tienen poco de manipuladores, si no los maleducásemos serían capaces de llamar a las cosas por su nombre, de defender sus derechos y respetar los nuestros, pero eso no nos conviene: Un niño ha de convertirse en nuestro esbirro y para ello tenemos que anular esa capacidad para defenderse y respetar porque de lo contrario no podríamos ejercer control sobre él. Como padres nos aprovechamos de nuestra atribución de ser quienes pueden satisfacer sus necesidades para utilizarla como medio de chantaje y dominación, consiguiendo que con el paso del tiempo una buena parte de nuestros hijos se conviertan en perfectos manipuladores o en víctimas propicias de quienes no dudan en aprovecharse de los demás, en tipos con una herida perpetua en eso que llaman su autoestima.

Es curioso que tanto el abusador como el abusado, el tipo que impone su punto de vista de modo agresivo a los demás y se aprovecha de ellos y el que se siente tan inferior que haría lo que fuese para obtener aprobación, comparten un exceso de soberbia que no puede ser bueno ni para ellos ni para los demás. Es fácil ver la soberbia en el narcisista, en quien necesita ser el centro de atención, ser más que los demás, y más difícil ser consciente de que también ocurre en el que constantemente se queja de que «le hacen de menos», pero a poco que miremos nos daremos cuenta de que los dos son actores que desempeñan un papel ante un público que no es consciente de los roles que se están desempeñando, y que es precisamente el que va de víctima, el que reconoce de un modo sibilino su falta de autoestima y su situación de inferioridad el que más peligroso resulta.


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